El Agora. Biblioteca Virtual

El desarrollo infantil como política social en los `90. M. ROVERE

Nueva imagen

EL DESARROLLO INFANTIL COMO POLÍTICA SOCIAL EN LOS ‘90[1]

Pensar el desarrollo infantil como política social en la época en que vivimos, requiere la construcción de un nuevo marco teórico y conceptual que brinde herramientas adecuadas para profundizar y optimizar las intervenciones y estrategias de programas sociales como el PROMIN.

Como ha ocurrido en otras épocas de dramáticas transformaciones del mundo de la producción, vivimos hoy momentos de particular incertidumbre sobre el futuro, el trabajo, la educación, la salud, el desarrollo económico y social, etcétera.

Reflexionar sobre el desarrollo infantil en los ’90 requiere situar en el tiempo y en el espacio el campo de intervención y las formas nuevas y tradicionales de respuesta.

Rasgos de estos tiempos quedan caracterizados en forma impresionista con palabras como globalización,  flexibilización, desregulación, emprendimiento, tecnologización, fragmentación, desmontaje del Estado de Bienestar, etcétera.

Sin embargo, los mensajes de esta transformación en el mundo distan de ser homogéneos y conformar “un acabado sistema de ideas”, tal como, en otro momento histórico, surgieran las grandes corrientes de pensamiento de la modernidad.

Los tiempos postmodernos se caracterizan, más bien, por construir un verdadero collage de ideas nuevas o recicladas, de apreciaciones parciales, de rasgos incompletos, de propuestas para armar, aun cuando las grandes deudas de construir una sociedad más justa no sólo persisten sino que se hacen más perentorias.

Estas transformaciones se han venido imponiendo a través de un dramático cambio en el ambiente (externo) internacional en un sentido mucho más amplio que la voluntad de algún centro único y cabe a cada país, más allá de los debates políticos domésticos, el desarrollo de diferentes estrategias de adaptación, más o menos crítica, más o menos autonomizante, a esa realidad.

Esta coyuntura, como todo cambio estructural, genera amenazas y oportunidades en la medida que se profundice en la naturaleza de esas transformaciones y se detecten su significado y su sentido.

En este contexto, un dato que parece relevante, es una tendencia en el mundo del trabajo que indica que en las nuevas formas productivas, el valor agregado de productos y servicios es, crecientemente, la innovación, la creatividad. En otras palabras, el trabajo se vuelve, crecientemente, trabajo intelectual. Este rasgo explicita como nunca la indisoluble conexión entre desarrollo social y desarrollo económico.

POLÍTICA SOCIAL Y DESARROLLO ECONÓMICO

Resulta por demás frecuente afirmar que la política social deviene insuficiente toda vez que la política económica tiene también una influencia poderosa sobre el desarrollo social. Este modelo de análisis ha obligado a un posicionamiento defensivo y compensatorio para la política social.

Es muy reciente, en cambio, el reconocimiento de que la política social produce desarrollo económico y de que no existe ningún país en el mundo que se haya desarrollado sin política social. Esta afirmación resulta razonable si se considera que el sector que articula el desarrollo social con el económico es el empleo y en una producción talento intensiva, si las personas no están calificadas, están mal alimentadas o tienen secuelas de desnutrición, están enfermas o no tienen servicios básicos, la producción será deficitaria y, en un sentido mas amplio, la misma adaptación a la vida cotidiana también lo será.

La reciente instalación en el país de un debate  sobre lo que está pasando en educación es muy gráfica al respecto, ya que hoy, no sólo estamos viviendo una crisis profunda y estructural de la capacidad de empleo de nuestra economía, sino que los resultados educativos preanuncian que esta tendencia podría profundizarse en el futuro.

El desarrollo de los niños en sus primeros años de vida constituye una etapa vital para el futuro de cada individuo pero, también en su conjunto, para la sociedad como un todo. Podría parecer que se trata de un proceso natural, dado que todos los años nacen cientos de miles de niños en nuestro país. Sin embargo, las características de nuestra especie hacen que muy pocas cosas sean estrictamente naturales. Permanentemente, modificamos y reconstruimos nuestro ambiente físico, social y cultural y, con frecuencia, lo que debería ser natural tiene que volverse política (promoción de la lactancia materna).

El niño ha sido objeto de política social desde hace muchos años por diferentes motivos -los huérfanos de guerra, el trabajo forzado, el abandono y, mas recientemente, por criminalidad, por prostitución y hasta por ser objeto de exterminio-. Sin embargo, en general, se han realizado acercamientos fragmentarios y sectoriales a su problemática: salud materno-infantil, educación preescolar, alimentación y nutrición, minoridad, etcétera.

La lógica de los derechos del niño encuadrados dentro de lo que se denominan la segunda generación de derechos sociales, parecen ofrecer una mirada más abarcativa para la construcción de una política social integral que los proteja y favorezca su desarrollo.

LA BÚSQUEDA DE LA INTERSECTORIALIDAD

 Casi todos los sectores que han estado trabajando con los chicos, han explicitado sus expectativas de incluirse en abordajes más amplios e intersectoriales.

No podría ser de otra forma ya que, como señalaba un referente de la planificación, “la población tiene problemas, la Universidad tiene carreras y facultades y el Estado tiene sectores”, frase que ayuda a enfatizar que los problemas son por naturaleza intersectoriales e interdisciplinarios.

La nutrición de los niños ha avanzado desde una concepción mecánica de entradas y salidas hacia una perspectiva vincular. Los niños que nos ocupan dependen absolutamente de sus mayores; tanto para procurarse el alimento, como para decidir qué comer y qué no comer y, dado que la nutrición comienza con un vínculo –cordón umbilical, lactancia materna-, no resulta extraño pensar que estas formas “genéticas” instalan una forma de relación.

Desde sus orígenes, en la Argentina, la Pediatría Social ha venido desarrollando una mirada integral sobre el niño que permite colocar las intervenciones en un contexto integrado: la enfermedad es parte de la experiencia del individuo. Del mismo modo, en educación existe una creciente preocupación sobre los límites de la intervención cultural, cuando una serie de factores sociales, económicos, nutricionales y sanitarios minan las posibilidades de éxito de la experiencia escolar y preescolar.

UN MARCO TEÓRICO PARA EL DESARROLLO INFANTIL  

 Muchos acercamientos a la política social desde una perspectiva sectorial han enfatizado en indicadores muy sensibles, tales como la mortalidad perinatal, la mortalidad infantil, el porcentaje de desnutrición crónica o aguada, especialmente en el grupo etáreo posterior al desastre, la mortalidad preescolar, etc.

A pesar de las críticas, estos indicadores “negativos” acompañan razonablemente bien una etapa de la situación social y resultan sensibles para organizar una política social. Sin embargo, al biologizar exageradamente las acciones –la meta podría inducir involuntariamente al cuestionado concepto de supervivencia infantil- pierden parte de su utilidad para direccionar una política pública por debajo de ciertos valores y son, así, indicadores poco sensibles para la maduración psicoafectiva del niño.

Por ello, hemos especulado sobre una nueva meta para una política de desarrollo infantil que podría ser la proporción de niños que ingresan a la escuela primaria con todo su potencial físico y psíquico, con capacidades de aprender, motivados y estimulados. Para ello, necesitamos conceptualizar el aporte de las diferentes etapas del desarrollo infantil: la gestación, el nacimiento, la lactancia y las etapas preescolares como un proceso de maduración y estímulo que es social y culturalmente construido.

Esto significa ampliarnos desde los enfoques de riesgo hacia el de factores protectores; extender nuestra perspectiva desde el impedir que una serie de riesgos se concreten en daños, hasta la activa generación de condiciones de desarrollo da las potencialidades de cada niño.

El desarrollo científico tecnológico es sumamente importante pero no alcanza a ocultar que, aún hoy, muchas pautas de puericultura, alimentación, tipos de cuidados, pautas de crianza, formas de estímulo de los niños, permanecen en el campo de lo opinable. Esta afirmación no está destinada a cuestionar las acciones programáticas sino a mantener una permanente flexibilidad y vigilancia sobre  los nuevos hallazgos y sobre los resultados de nuestras acciones.

Hoy, un marco teórico del desarrollo infantil se puede centrar en la idea de continente. El desarrollo infantil es propio de cada niño, pero está fuertemente determinado por un primer continente que es su núcleo familiar que estará en condiciones de proveerle, en forma personalizada, los estímulos y la satisfacción de las necesidades básicas que su desarrollo requiera.

En este sentido, es natural que evoquemos en este primer núcleo continente a la familia y, en este punto, hay que tener en cuenta que el concepto de familia también está cambiando, ya que la crisis y los cambios sociales, económicos y culturales han regenerado muchas estrategias de supervivencia, como la familia extendida, al tiempo que crece el embarazo adolescente y se desestructuran los roles. El jefe de familia pasa a ser el que consigue o mantiene un empleo estable y el cuidado de los niños puede desplazarse a otros familiares directos o indirectos o, aun, a vecinos y amigos.

De esta forma, el primer continente del que hablamos se constituye en  la red de cuidado de cada niño específico, por lo que una política de desarrollo infantil realista obliga a desbordar el ya clásico binomio madre-niño. Esto no significa que una política de salud y nutrición no deba trabajar simultáneamente para ambos. Sobre todo, que pueda perderse la absoluta y solidaria preocupación sobre la minimización del riesgo reproductivo de la madre –expresado en la inaceptable persistencia de mortalidad materna- , sino que, cuando se trata de transferir conocimientos autonomizantes a la familia, va a resultar central saber quiénes están efectivamente cumpliendo el rol continente, quién se ocupa, quién está a cargo.

Cualquiera que trabaja con niños desprovistos de familia puede ofrecernos una profunda reflexión sobre lo que significa la vida en un continente familiar y que lleva, con frecuencia, a generar mecanismos para sustituir familia, primarizar los vínculos, personalizar el cuidado, etcétera. Desde esta perspectiva, una política social en general –y los programas y proyectos que la sustentan-, debe hoy considerar a la familia real desidealizada –no un imaginario victoriano inexistente-, como el verdadero sujeto de esa política, apoyando a esos núcleos familiares y destacando incluso aquellas situaciones extremas en las que el riesgo para el desarrollo del niño proviene de la misma familia –abandono, violación, prostitución, etcétera-.

NUEVOS CONCEPTOS EN POLÍTICA SOCIAL

 En épocas de transformación, si no queremos pagar adicionalmente con la hipoteca del futuro, será necesario construir un segundo continente que permita a las familias –primer continente- cumplir con su rol. En este sentido, imaginamos el rol del Estado –y de la sociedad civil- a través de políticas globales y de una verdadera red de programas y proyectos, como una instancia de generación de condiciones favorables para el surgimiento y el sostenimiento de núcleos familiares continentes.

Para ello, es necesario monitorear estrechamente las características de los programas desde su mismo punto de contacto con el usuario a través de lo que denominamos los microcontratos de prestación. Dado que existe una tendencia en los programas, en sus operadores y en sus beneficiarios a considerarlos como una respuesta permanente y estable en el tiempo, es necesario reevaluar los microcontratos con el enfoque de servicio o prestación autonomizante.

En otras palabras, hay que preguntarse hasta qué punto la población resulta más fortalecida y autónoma como consecuencia de ser usuaria de cada programa o, a la inversa, si resulta más dependiente que antes. Este criterio, que se conoce como el nivel de “empowerment” de cada intervención social, viene influyendo significativamente en la formulación de política social, haciendo que en el debate del llamado Estado de Bienestar se incluya el análisis de aquellos rasgos paternalistas que impidieron a este modelo transferir poder real a las familias y a las poblaciones.

El concepto de redes comunitarias es también un criterio de reorganización de la política social. Generando informalmente por las propia comunidades, el Estado termina imitando a la sociedad apoyando sus iniciativas y redes de contención y poniendo sus programas y proyectos en redes excéntricas en donde se desdibuja el límite entre lo estatal y lo societal o comunitario. Esto resalta que la nueva construcción de los derechos del niño se viabilicen más a través del concepto de solidaridad que es el valor y el sentimiento que hace funcionar las redes.

En este contexto, parecería que existe un espacio más reducido para los diferentes profesionales que trabajamos en áreas afines a esta problemática: docentes, nutricionistas, médicos, trabajadores sociales, enfermeras, comunicadores sociales, sociólogos, antropólogos, etc. Nada más alejado de la realidad. En la redefinición de las políticas sociales y en la generación de los denominados segunda generación de derechos –derechos sociales-, surge una preocupación alrededor del aporte central de estos derechos en la construcción de una ciudadanía plena. Para lograrla, no sólo es necesario una enunciación y aprobación de derechos, sino también, la emergencia de sujetos concretos y organizados que los representen y los defiendan; es lo que en derechos sociales se denomina “advocacy”: abogar por un derecho.

En este sentido, la raíz de “profesional” deriva de “profesare”: el que cree en algo. Es por ello que resulta natural la demanda de incluir en la formación y en el desarrollo de éstas y otras profesiones vinculadas, la combinación de un sólido y riguroso soporte técnico y científico con una actitud proactiva de defensa de los derechos sociales –en nuestro caso de los derechos del niño-, en la lógica del advocacy.

A MODO DE CONCLUSIÓN

 En este ensayo intentamos presentar la necesidad de generar un marco teórico conceptual para profundizar las intervenciones y las estrategias de programas como el PROMIN. Consideramos que el PROMIN ofrece una significativa oportunidad de rediseñar la política social destinada al desarrollo infantil y que puede generar aportes a los programas preexistentes a través de iniciativas intersectoriales cada vez más consistentes y de la incorporación de nuevos valores –empowerment, advocacy, redes, solidaridad, etc.- que parecen estar marcando una nueva tendencia en la permanente búsqueda de un desarrollo armónico y de una sociedad más justa, más equitativa.


[1] Artículo publicado en la edición trimestral producida por el Componente de Comunicación Social de la Gerencia de Programación del PROMIN. 1997

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Información

Esta entrada fue publicada el agosto 20, 2013 por en Uncategorized.
A %d blogueros les gusta esto: