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La salud en clave internacional. M. ROVERE

América invertida. Joaquín Torres García. (1943)

América invertida. Joaquín Torres García. (1943)

“A ese respecto es importante recordar que durante la paz de los cien años y especialmente desde el comienzo del siglo XX, hubo un crecimiento de la democracia. Con los parlamentos incorporados como nuevo ingrediente de los procesos políticos internos, a la administración conservadora, la actividad diplomática y las finanzas internacionales se hicieron mas difíciles y la tendencia a los cambios inesperados mas frecuentes. En este sentido el juego político se transformó en mas errático. En el campo financiero el sufragio universal (masculino) y el surgimiento de los sindicatos y los partidos laboristas con representación parlamentar politizaron las políticas fiscales y monetarias. Y en el campo de la política internacional, cuestiones diplomáticas pasaron rápidamente del cálculo de pocos a las pasiones de muchos”.

Marcus Faro de Castro

 Política y Relaciones Internacionales. (2005) Brasilia: UnB. Editora.

Comprender el entramado de circunstancias que median entre la organización de una sociedad y su nivel sanitario, o entre la salud y la enfermedad individual y colectiva en cada momento de la vida, en cada lugar y en cada circunstancia concreta no es una tarea sencilla, aún para los analistas más experimentados. La salud es una compleja construcción que puede verse al mismo tiempo como el resultado de un conjunto de factores que lo determinan y como un elemento clave en el avance de otros sectores y factores del desarrollo.

Intentar caracterizar la salud como un componente inseparable de la vida política, social y económica de un país resulta complejo, pero hacerlo, además, en clave internacional podría parecer en primera instancia un lujo, una sofisticación innecesaria para los ciudadanos concretos de carne y hueso.

Gripe, sarampión, médico de familia, hospital, sistema local de salud, enfermera comunitaria, atención primaria de la salud, vacunación casa por casa, medicamentos son algunos de los problemas, algunas de las prácticas, algunos de los enunciados que nos hacen imaginar, que nos refuerzan siempre la imagen de la salud como muy cercana a lo cotidiano, al día a día, a la vida misma; bastante contrapuesta a esa palabra tan ajena, tan exótica que representa lo “internacional”.

En la práctica no se trata de contraponer, sino más bien de complementar las miradas porque en último caso un entorno cotidiano – lo local – podría no entenderse (ni extenderse) sin lo global o lo internacional. Ese medicamento, esa vacuna que se aplica en el barrio, casa por casa, pudo haber sido desarrollada por un laboratorio bien lejos de ese lugar. La Atención Primaria se lanzó como política internacional en Alma Ata, una región de la ex URSS que pocos por estas latitudes podrían ubicar en un mapa; los Sistemas “Locales” de Salud fueron pensados y sistematizados a partir de una serie de experiencias concretas latinoamericanas pero se conceptualizaron en las oficinas centrales de un organismo “internacional” de salud. Se sigue discutiendo si la medicina es familiar o general, añadiendo a las discusiones domésticas las experiencias desarrolladas en Gran Bretaña, en las costas este y oeste de los EE UU, en Cuba o en Brasil.

La complementariedad de ambas miradas es crucial porque nos permite en cada caso construir situaciones, casos y ejemplos que no solo muestran hasta qué punto estamos atravesados por experiencias y decisiones que se toman muy lejos de nuestras latitudes, sino que al recrearlas y redefinirlas a cada paso para acercarlas a nuestras necesidades estamos construyendo experiencias que podrían tener valor más universal y ser aplicadas en otros contextos.

Las enfermedades no respetan fronteras. Esta simple afirmación constatada a lo largo de toda la historia de la humanidad sería suficiente para comenzar a perfilar un objeto de estudio que intersecta la salud pública con las relaciones internacionales. Sin embargo, la historia de las enfermedades es mucho más antigua que la historia de la salud pública que deviene fundamentalmente política a partir del momento (siglo XVIII) en que comienza a ser identificada como un componente sustancial de las funciones y de la organización del Estado.

Dadas las formas en que las enfermedades y los primeros instrumentos para paliarlas, tramitarlas y/o prevenirlas se presentaron y más aún dada la tendencia a explicar las enfermedades epidémicas como provenientes del “afuera”, del extranjero, no es de extrañar que la salud pública se instalara como una función de gobierno cercana a la de las relaciones exteriores o las cancillerías.

Por las mismas razones, se entiende que se haya identificado primariamente esta función como parte de la tarea de gobierno de las ciudades portuarias o de aquellas que se encontraban muy cerca de una frontera.

Existe una cierta utilidad y quizás intencionalidad, – y no ocurre esto solo en salud – en que cada uno de nosotros piense que lo internacional nos es ajeno, que es una esfera restringida a la comprensión y, más aún, a la intervención de pequeños grupos, de dirigentes, de gobernantes, de delegados; en definitiva, de cierta elite que, aunque creciente, es la única que posee las claves de esa dimensión.

Así cuando lo internacional, nos alcanza, nos toca, nos modifica, nos afecta, nos beneficia o nos perjudica, tenemos la tendencia a pensar que estos fenómenos son naturales y, en consecuencia, solo cabe resignarse, acostumbrarse, protegerse, refugiarse – como si de un bombardeo se tratara – si acaso eso es posible, o aprovecharlo o adaptarse cuanto antes si creemos que beneficia o corresponde.

Frente a estas alternativas, procede la pregunta sobre el origen de esta concepción y las posibilidades concretas de modificarla, sobre todo, en un contexto y una época en donde la construcción de lo internacional muestra cómo algunos países que, por su poder relativo pueden apelar al unilateralismo más decimonónico, vienen desplazando el laborioso orden y la compleja institucionalidad generada en el clima posterior a la segunda guerra mundial.

En principio, la idea de lo internacional se instala con facilidad y, al mismo tiempo, queda restringida en las personas que, por diferentes motivos, viajan con frecuencia entre países; los que representan una proporción relativamente baja de la población mundial y, más baja aún, si dejamos de incluir en este conjunto a aquellas que deben hacerlo simplemente por la naturaleza de su trabajo.

Por ello, no debe extrañar que las relaciones internacionales y aún la tarea diplomática haya sido asociada en el pasado a una función cumplida predominantemente por sectores de las elites dominantes de los países, fenómeno que solo parcialmente se fue modificando a partir de la profesionalización de la carrera diplomática.

Parece obvio afirmar que la distancia y el desconocimiento ayudan a crear un aura de misterio, una inespecificidad que se refuerza por una sensación de prioridad hacia lo más próximo e inmediato. En la misma lógica, dedicamos mucho más tiempo a una noticia policial de nuestra ciudad que a un resumen semanal de noticias internacionales que, además en ocasiones, por poco contextualizadas, las noticias internacionales se vuelven incomprensibles, algo que el orden mediático propio de cada país tiende a reforzar.

La salud -volvemos a ella- tiene en este sentido un rol importante que cumplir, ya que constituyó en el pasado uno de los temas que con más facilidad llamó la atención de la población y motivó reflexiones sobre lo internacional.

Podríamos decir, sin temor a equivocarnos, que la salud constituyó en este sentido un fenómeno muy parecido al que cumple la ecología hoy en día que mediante imágenes y cuestionamientos instala en la opinión pública la idea de lo mundial, de un solo planeta en riesgo, transformando lo internacional en asunto doméstico y conocido.

 UNA BREVE REFERENCIA HISTÓRICA

Como hemos mencionado, la salud contribuyó a construir “lo internacional” más allá de las relaciones bilaterales y se constituyó en uno de los primeros motivos aglutinantes -antecedido en el tiempo solo por una reunión dedicada a la comunicación telepostal interatlántica – para instalar una reunión entre delegados de muchos países y, a partir de allí, sostener una serie de reuniones de carácter periódicas, dando origen a lo que hoy podríamos denominar una diplomacia multilateral.

En 1851, delegados de los países con costa en el Mediterráneo invitados por el gobierno de Francia se reunieron en París fundando la salud internacional en los tiempos modernos, un campo que no se ocupa tan solo de un conjunto de enfermedades peligrosas y transmisibles a través de las fronteras sino sobre todo de las medidas que los pueblos, los gobiernos y, más recientemente, los organismos internacionales han realizado (y continuarán realizando) para evitar la propagación de enfermedades y para generar condiciones dignas para la salud y la vida.

Sin embargo, las motivaciones económicas y las tensiones entre comercio y medidas sanitarias (especialmente las cuarentenas que perjudicaban el comercio de las mercancías perecederas) eran una motivación mayúscula para emprender estas tareas. Mr. Baroche, Ministro de Negocios Extranjeros de Francia, invitaba a la Conferencia de París en carta fechada el 16 de abril de 1851 y escribía “el Sr. Presidente de la República anunció que el Gobierno Francés tenía la intención de concertarse con los Estados de los que el Mediterráneo baña sus costas, con el objeto de regular, de una manera uniforme el sistema de los Lazaretos y de las cuarentenas, respecto a los cuales las legislaciones de estos Estados presentan una diversidad perjudicial a las relaciones comerciales.”

En el siglo XVIII y XIX y hasta principios del XX, la salud pública constituía un verdadero contrapunto para el desarrollo del capitalismo, tan predispuesto siempre a jugar en el límite de la sustentabilidad-depredación de las condiciones sociales y ambientales. Esto puede verse ilustrado en los fuertes debates que se hacían públicos entre comerciantes y algunos médicos cuando las medidas cuarentenarias afectaban el comercio marítimo o aun los eventos sociales-comerciales como la celebración de los carnavale[1]s.

Eran los tiempos de otra globalización en donde no era Internet sino el telégrafo, no era la televisión sino los periódicos los que hicieron incorporar el conjunto de los actores de la política internacional a la opinión pública.

La especulación no es abstracta: un fenómeno fundamental en la organización de la salud pública contemporánea a mitad del siglo XIX, como es el desarrollo de la enfermería y su relación con importantes avances en la administración hospitalaria y la sanidad militar difícilmente se hubieran dado si el telégrafo, los corresponsales de guerra y los periódicos no hubieran acercado de una forma nunca antes vista los campos de batalla de Crimea a la opinión pública inglesa. El trabajo de Florence Nightingale y sus propuestas se viabilizaron y ganaron prestigio nacional e internacional por la transparencia y rápida difusión de sus resultados salvando vidas en una época en que morían más soldados en el hospital militar que en el campo de batalla.

Al comienzo del siglo XX, los desarrollos de la salud pública permitieron abrir caminos, no confrontativos, que parecieron más bien complementar y minimizar los costos sociales de los avances económicos. Reuniones internacionales, organismos filantrópicos, reglamentos sanitarios combinados con campañas contra vectores, mejoras urbanísticas, cambios en la antisepsia, organización sanitaria, vacunas y medicamentos -en ocasiones trasladados de la esfera militar a la esfera civil- cambiaron muchos antagonismos irreductibles del siglo XIX.

Desde comienzos del siglo XX en las Américas y con un énfasis mucho mayor a nivel mundial después de la segunda guerra mundial, la salud internacional tiende a institucionalizarse, al mismo ritmo que impulsa el desarrollo de una función relevante en las funciones del Estado (Ministerio de Salud).

La posguerra impulsa la generación de sistemas nacionales de salud más o menos universales que, bajo diferentes nombres (servicio nacional de salud, seguros de salud, sistemas integrados) están insertos en una concepción mayor de estado benefactor o estado providencia que desarrolla en países europeos y más parcial y fragmentariamente, en los países latinoamericanos. La institucionalización de la Salud Internacional entre 1948 y 1978 muestra señales muy relevantes en la erradicación y control de enfermedades y aprovechando la euforia de la erradicación de la viruela culmina el período con el lanzamiento de la Atención Primaria de la Salud en el marco de una reunión internacional muy influyente lanzada en Alma Ata, República de Kasakhstan, perteneciente en ese momento a la URSS. Apenas dos años después, el comienzo de la denominada Revolución Conservadora representada por los gobiernos de Ronald Reagan y Margaret Thatcher comenzaría a revertir esta historia impulsando la entrada en el juego de nuevos actores que serán particularmente influyentes en la década de los 90: Banco Mundial, Bancos Regionales y Fondo Monetario Internacional.

Así, el interés de los principales actores “reformistas” y globalizadores de los 90, que desencadenan sus operaciones apenas después de la caída del muro de Berlín, van a concentrar su esfuerzo en la reducción de la presencia del Estado en casi todas las áreas rentables o de rentabilidad potencial para la inversión de capital, incluyendo salud.

Durante la década, pueden observarse distintos fenómenos que han sido muy estudiados en las reformas regresivas en salud como el uso de países “modelo” (Colombia y Chile), la elevación del “subsidio a la demanda” como un principio cuasi religioso o los estudios evaluativos sobre diversos grados de aplicación de mecanismos de terciarización de funciones con énfasis en la terciarización del gerenciamiento. Sin embargo, resta quizás la más importante de las exploraciones, que es la amplia y extensa resistencia reticular que el propio sector salud desplegó en toda Latinoamérica durante esta década haciendo que el sector salud se constituyera en un verdadero Waterloo de los organismos internacionales de crédito.

LA SALUD INTERNACIONAL EN NUESTROS DÍAS

Un conjunto de fenómenos aparentemente aislados pueden servirnos de marco para colocar en tiempo presente y, sobre todo, en perspectiva de futuro este título. Radiólogos asiáticos, predominantemente hindúes tele-trabajan – analizando y leyendo imágenes – mientras en EE.UU. es de noche- para informar, antes que salga el sol, el material digitalizado (radiografías, tomografías) que recibieron desde allá. El New England Journal of Medicine no se interroga sobre las consecuencias laborales ni los beneficios comerciales de éstas prácticas y se concentra en dejar una preocupación sobre la localización de la responsabilidad legal en caso de mala praxis.

o En noviembre del 2002, una nueva enfermedad producida por un virus que genera un grave síndrome respiratorio hiperagudo (SARS) se detecta en una alejada provincia de China (Guandong, muy cercana a Honk Kong) y se disemina a las grandes ciudades del país.

o En marzo del 2003, el temor de que se transforme en una pandemia se concreta. La letalidad es enorme (más de un 10 %) y su diseminación muy rápida.

o En el primer trimestre del 2003, llega a Toronto (Canadá) luego de haberse diseminado en Honk Kong, Beijing (China) y Taiwán. En poco más de 8 semanas, más de 300 personas enferman Toronto y 70 de ellas pierden la vida.

En el 2006 el lema anual de la Organización Mundial de la Salud “Working together for health” (Trabajando juntos por la salud) llama después de muchos años la atención mundial sobre los recursos humanos en salud. Los países desarrollados con un gran envejecimiento de su población parecen estar llenando sus crecientes necesidades de trabajadores de salud impulsando la migración de profesionales – especialmente médicos y enfermeras – provenientes de países menos desarrollados – africanos subsaharianos, asiáticos, caribeños, latinoamericanos – en magnitudes que terminan debilitando los servicios de salud de los países “donantes” hasta el punto de inviabilizar los servicios y programas de salud, incluso aquellos promovidos por la propia ayuda humanitaria.

Países que implementan medidas exitosas en el control del narcotráfico, impulsan la producción y el consumo en otras, lo que deriva en un incremento súbito de afectados en regiones del planeta que no tenían historia y que, en consecuencia, carecen de programas efectivos de prevención o tratamiento. La priorización poco criteriosa de una inversión en alta tecnología promovida y/o incentivada por los promotores-vendedores de una transnacional en un país que no tiene resuelto problemas básicos de salud en su población.

Medicamentos vitales que se suman (o se restan) al bloqueo impuesto a un país como en el caso de Irak, bajo la argumentación que este transgredió una norma internacional y que ello bastaría para “sancionar” a sus ciudadanos poniendo en riesgo su vida, restándole el acceso a medicamentos que podrían prolongarla.

Otros fenómenos internacionales como gripe aviar o las consecuencias para la salud del calentamiento global podrían agregarse con la misma o mayor importancia que los que hemos analizado pero…

 ¿QUE TIENEN EN COMÚN ESTOS FENÓMENOS?

Tal vez, nuevamente la constatación de la dificultad de comprender los fenómenos de la salud, la enfermedad y su atención cuando se los analiza solo desde la dimensión local o aún nacional.

A través de diversos ciclos históricos que alternan y combinan fenómenos de internacionalización con otros más “nacionalistas”, la salud se ha mostrado como uno de los fenómenos menos predispuestos a dejarse acotar a las fronteras de un país. Un conjunto de razones demográficas, epidemiológicas, ambientales, económicas, políticas, científicas, tecnológicas, comerciales y culturales determinan que lo que ocurre en el espacio local, o aún en el singular de cada país, requiera para su explicación de miradas que aportan la perspectiva de las relaciones internacionales.

Las relaciones internacionales, una rama considerablemente autónoma de las ciencias políticas, dista de ser una ciencia experimental y, en consecuencia, proveedora de leyes ciertas y aplicables a cualquier situación. Se trata, más bien, de una ciencia interpretativa o hermenéutica siempre abierta al análisis y a la sistematización de nuevos fenómenos que parecen re-escribir a cada momento las líneas argumentales que explican no solo la oscilación extrema entre la guerra y la paz, sino toda la gama de grises que media entre el conflicto y la armonía, entre el antagonismo y la sinergia.

Pero, como hemos mencionado, las relaciones internacionales nacieron como un campo de prácticas muy restringido y aristocrático – que en cierto modo aún no se disipa del todo como imagen – disuadiendo al común de los ciudadanos y ciudadanas a su estudio cuidadoso y a su participación. Sin embargo, los cambios epocales de fines del siglo XX comenzaron a transformar estas tendencias.

Un siglo después, son otros fenómenos como los descriptos los que nos han convencido que lo internacional es demasiado importante como para seguir delegando las decisiones en las instancias que históricamente se han ocupado de ello.

 UN SOLO MUNDO; SALUD INTERNACIONAL O SALUD GLOBAL

Como ya hemos visto, la idea de globalización se ha instalado en el pasado cada vez que la humanidad ha incorporado desarrollos tecnológicos que han permitido percibir un acortamiento de las distancias, un aumento de la conectividad, conectando culturas que hasta ese momento habían permanecido considerablemente aisladas.

Así, durante los años posteriores al descubrimiento de América de la mano de las innovaciones tecnológicas de la navegación a vela, de la brújula, de la pólvora y del uso del caballo como arma de guerra, y también a mediados del siglo XIX con la

propulsión a vapor (barcos y ferrocarriles), el telégrafo, la población vivió una sensación muy parecida a la que se describe en los últimos años.

En la última década y de la mano de la globalización, muchas realidades (y también muchas fantasías) han sustentado la idea que el mundo va hacia un adelgazamiento de las fronteras, una reducción del Estado, una reducción de las regulaciones, etc. El concepto mismo de globalización representa, al mismo tiempo, la descripción de una época y una invitación a que ciertos fenómenos que aún no han ocurrido, ocurran.

La globalización ha traído consigo nuevos problemas y nuevos desafíos redefiniendo las reglas de juego de las relaciones internacionales a cada paso. Por un lado, al sorprendente fin de los muros entre el Este y el Oeste – muros ideológicos, fronteras impermeables -, se le han contrapuesto los muros Norte-Sur: EEUU–México, España-Africa, Italia-Europa oriental, Israel-Palestina, muros de la separación entre un mundo desarrollado que envejece y quiere “seleccionar” sus – por otro lado, imprescindibles- contingentes migratorios.

Hacia dónde va éste mundo y ese proceso tampoco queda claro, ni es independiente de hacia dónde queremos que vaya. La economía global ha constituido actores que se sienten – y, de hecho, se colocan – por encima de la política que, con sus múltiples fallas, se ha mostrado hasta el presente como un espacio privilegiado de articulación de intereses y de resolución de conflictos por medios pacíficos. Ya existen movimientos tendientes a estudiar cómo articular a nivel global este fenómeno (“policing global economy”).

Algunos autores (De Aglio, 2005) postulan que, a partir de las crisis económicas de los EEUU y de los inmediatamente posteriores sucesos del 11 de setiembre del 2001 durante el ataque a las torres gemelas, hay que hablar de postglobalización – lo que sigue no parece mejor – especialmente, por el regreso del unilateralismo y las amenazas de peajes y barreras sobre Internet.

Con sus limitaciones y con sus potencialidades, el campo de las relaciones internacionales constituye hoy un campo de conocimientos y de intervención de posible control democrático. Los gobiernos de los países, sus Estados – especialmente, algunos de ellos – continúan siendo instancias poderosas y la emergencia de nuevos actores (empresas, ONGs, movimientos sociales) puede estudiarse con la misma eficacia con esta importante rama de las ciencias políticas.

Al contrario, lo global surge con fuerza cuando pensamos en equidad, entendiendo este concepto como “el perfeccionamiento de lo que es justo”. Desde esta perspectiva, la equidad no puede ser local y, en algún sentido tampoco puede ser “apenas nacional”, en la medida que los nuevos modos de producción han multiplicado la concentración del ingreso en pocos países en forma nunca antes vista. En consecuencia, tenemos una fuerte inclinación a pensar la equidad como global.

Siendo así, a pesar del marketing de los nombres y denominaciones, preferimos asociar salud con internacional por lo que es y lo que puede ser al ampliar lo internacional a la relación de gobiernos y pueblos, antes que con global, un nombre efímero o cíclico que permite diluir las responsabilidades por la prevención y por la organización de las respuestas frente a los problemas sanitarios de alcance mundial.

En otras palabras, proponemos una salud internacional (gobiernos y pueblos) para la construcción de condiciones para una equidad global.

¿QUÉ INTERÉS TIENEN ESTOS FENÓMENOS?

Desde la una organización concreta – El Agora – y desde esta revista – POSIBLES – consideramos que el devenir de las relaciones internacionales requiere de la construcción colectiva de un nuevo tipo de ciudadanía mundial. Se trata de un proceso multidimensional y – como ya ocurriera en el pasado –compartir elementos de salud internacional como una perspectiva de análisis y como un objeto de estudio e intervención articulado estrechamente con una perspectiva, igualmente internacional, de las políticas y de los desarrollos sustentables, puede resultar muy útil para ello.

¿Por qué mezclar estas cosas? En buena medida, porque no hay solución para los grandes problemas de salud dentro de la salud; también, porque la salud es parte de la vida y parte indisoluble del desarrollo y la organización política de las sociedades desde el nivel local hasta el internacional.

La propia OMS parece haberlo entendido así y, retomando su tradición de ampliar su agenda más allá de las enfermedades transmisibles, ha constituido la Comisión de alto nivel sobre determinantes de la salud. De por, sí una agenda amplia

 La Comisión tiene una visión global de los determinantes sociales de la salud. La mala salud de los pobres, el gradiente social de salud dentro de los países y las grandes desigualdades sanitarias entre los países están provocadas por una distribución desigual, a nivel mundial y nacional, del poder, los ingresos, los bienes y los servicios, y por las consiguientes injusticias que afectan a las condiciones de vida de la población de forma inmediata y visible (acceso a atención sanitaria,

escolarización, educación, condiciones de trabajo y tiempo libre, vivienda, comunidades, pueblos o ciudades) y a la posibilidad de tener una vida próspera. Esa distribución desigual de experiencias perjudiciales para la salud no es, en ningún caso, un fenómeno «natural», sino el resultado de una nefasta combinación de políticas y programas sociales deficientes, arreglos económicos injustos y una mala gestión política. Los determinantes estructurales y las condiciones de vida en su conjunto constituyen los determinantes sociales de la salud, que son la causa de la mayor parte de las desigualdades sanitarias entre los países y dentro de cada país.

A MODO DE APERTURA

 Como hemos visto, salud fue una de las primeras problemáticas que llevaron a los países – no solo a sus gobiernos, sino también a sus parlamentos y ciudadanos – a convocar reuniones para lograr acuerdos internacionales; y hasta el día de hoy es salud (riesgos, medidas de protección, acuerdos) una de las preguntas más frecuentes que se hacen quienes piensan en un mundo que acerca las distancias.

Para ello, debemos avanzar y mostrar a través de casos concretos por qué debe considerarse cada vez más seriamente esta perspectiva, ya que básicamente el conocimiento sobre la salud mundial permite predecir fenómenos, prepararse para que no ocurran o generen el menor perjuicio posible, recibir y ofrecer información, intercambiar y consensuar medidas, responder solidariamente frente a imponderables, participar en los debates de los temas más polémicos o poco definidos, complementar puntos de vista, aprender, compartir.

Consistente con la necesidad de democratizar todos los espacios de decisión política desde el más local hasta el internacional, nos proponemos avanzar hacia una mayor comprensión y una mayor capacidad de incidencia de los ciudadanos sobre un orden que nos afecta tan sustancialmente.

En este primer informe, abrimos más que concluimos una línea de trabajo que fuertemente articulada con las dimensiones políticas, económicas y sociales implícitos en diferentes proyectos de desarrollo sustentable de nuestros pueblos nos permita avanzar en la lógica de una equidad a la que no nos cuesta denominar global.


[1] Sacchetti L. y Rovere M. La Salud Pública en las Relaciones Internacionales: Cañones, Mercancías y Mosquitos. (2007). Eds. El Agora: Córdoba, Argentina.

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Esta entrada fue publicada el agosto 21, 2013 por en Uncategorized.
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